Hoy al celebrar el Santísimo Nombre de María, las lecturas nos llevan a plantearnos sobre nuestra convivencia...

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SEPTIEMBRE
Lunes
24ª Semana Ordinario
Santísimo Nombre de María


1Cor 11,17-26.33: Si hay divisiones entre ustedes, entonces ya no se reúnen para celebrar la cena del Señor.

Hermanos: Con respecto a las reuniones de ustedes ciertamente no puedo alabarlas, porque les hacen más daño que provecho. En efecto, he sabido que, cuando se reúnen en asamblea, hay divisiones entre ustedes, y en parte lo creo. Es cierto que tiene que haber divisiones, para que se ponga de manifiesto quiénes tienen verdadera virtud. De modo que, cuando se reúnen en común, ya no es para comer la cena del Señor, porque cada uno se adelanta a comer su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro se embriaga. ¿Acaso no tienen su propia casa para comer y beber? ¿O es que desprecian a la asamblea de Dios y quieren avergonzar a los que son pobres? ¿Qué quieren que les diga? ¿Que los alabe? En esto no los alabo. Porque yo recibí del Señor lo mismo que les he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan en sus manos, y pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre. Hagan esto en memoria mía siempre que beban de él". Por eso, cada vez que ustedes comen de este pan y beben de este cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva.


Sal 39: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.


Lc 7,1-10: Ni en Israel he hallado una fe tan grande.

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar a la gente, entró en Cafarnaúm. Había allí un oficial romano, que tenía enfermo y a punto de morir a un criado muy querido. Cuando le dijeron que Jesús estaba en la ciudad, le envió a algunos de los ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su criado. Ellos, al acercarse a Jesús, le rogaban encarecidamente, diciendo: "Merece que le concedas ese favor, pues quiere a nuestro pueblo y hasta nos ha construido una sinagoga". Jesús se puso en marcha con ellos.

Cuando ya estaba cerca de la casa, el oficial romano envió unos amigos a decirle: "Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, aunque soy un subalterno, tengo soldados bajo mis órdenes y le digo a uno: '¡Ve!', y va; a otro: '¡Ven!', y viene; y a mi criado: '¡Haz esto!', y lo hace". Al oír esto, Jesús quedó lleno de admiración, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: "Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande". Los enviados regresaron a la casa y encontraron al criado perfectamente sano.


Comentarios

Hoy al celebrar el Santísimo Nombre de María, las lecturas nos llevan a plantearnos sobre nuestra convivencia, pues ciertamente cada uno de nosotros participamos del gran banquete en el que cada uno se debe sentir atraído, sin embargo, nos dice el texto «pues cada uno se adelanta a comerse su propia cena y, mientras uno pasa hambre, el otro está borracho». Tal actitud nos lleva a centrarnos y cerrarnos en nosotros mismos, pues el hecho de que Jesús muriera por nosotros se decodifica cuando no entendemos tal sentido.

El evangelio por otro lado nos presenta un panorama muy interesante ¿Por qué razón el centurión no fue personalmente a encontrar a Jesús? Tal vez la respuesta pareciera sencilla, sin embargo, su respuesta es más profunda «Señor, ni siquiera me consideré digno de salir a tu encuentro. Con que solo digas una palabra, quedará sano».

Es importante reconocer la virtud que se manifiesta a través del centurión, pues es una fe determinante y confiada en la voluntad de Jesús para actuar. Sabía que Él podría sanar a su criado, estaba convencido de que nada podía detener a Jesús. Por ello, nosotros también estamos invitados a confiar y no creer que Jesús está lejos y que no escucha nuestros ruegos. Dejemos a Jesús entrar a nuestra casa, para curar y fortalecer nuestra fe y para llevarnos hacia la vida eterna.

Yonathan Santiago Guillén Martínez

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